Nunca he tenido miedo a los fantasmas.
Después de todo, vivo con ellos cada día. Cuando me miro en un espejo, los ojos de mi madre me devuelven la mirada y mi boca se curva con la sonrisa que sedujo a mi bisabuelo para que yo tuviera mi destino.
¿Cómo voy a temer el roce de esas manos que se desvanecen, que se detienen sobre mí con un amor desconocido?. ¿Cómo voy a tener miedo de aquellos que moldearon mi carne, dejando su rastro para vivir mucho más allá de la muerte?.
Menos aún podría temer a esos fantasmas que rozan mis pensamientos al pasar. Todas las bibliotecas están llenas de ellos. Puedo coger un libro de los estantes polvorientos y me atraparán los pensamientos de alguien muerto hace tiempo, pero todavía vivo en su mortaja de palabras.
Por supuesto, no son los ordinarios y acostumbrados fantasmas que turban el sueño y aterran al insomne. Mire hacia atrás y encienda una linterna para iluminar los rincones apartados en la oscuridad. Escuche las pisadas que resuenan detrás cuando camina solo.
Continuamente, los fantasmas revolotean y pasan a través de nosotros, ocultándose en el futuro. Miramos en el espejo y vemos las sombras de otros rostros mirando a través de los años; vemos la silueta de la memoria, erguida con firmeza en el umbral vacío de la puerta. Por sangre y por elección, creamos nuestros fantasmas, nos perseguimos a nosotros mismos.
Cada fantasma sale espontáneamente de los terrenos confusos del sueño y el silencio.
Nuestra mente racional dice: “No, no es así”.
Pero otra parte, una parte más antigua, siempre repite suavemente en
la oscuridad: “Sí, pero podría ser”.
Vamos y venimos por el misterio, tratando de olvidar. Pero cuando una ráfaga de aire pasa por una habitación y agita mi cabello, creo que es mi madre.
Un prólogo precioso de "Tambores de Otoño" otro de los libros de la saga de Jamie Fraser y Claire Randall escrito por Diana Gabaldón